
Ayer pasaba yo por una cabina telefónica, uno de esos sitios donde se puede llamar por teléfono mediante el uso de monedas.
En fin, que desde que el teléfono móvil ha invadido nuestras vidas y ha cambiado nuestras costumbres, la cabina es para la mayoría algo carente de utilidad. Pero ayer yendo hacia el tren como cada día vi la misma cabina, en el mismo cruce de calles, que, como siempre, estaba repleta de gente. Los tres teléfonos estaban ocupados, y había gente esperando. Como cada día, según me acerco puedo escuchar una parte de esas conversaciones privadas. Conversaciones que son en su mayoría en idioma extranjero. No soy experta en lengua romance, pero con una comunidad rumana tan nutrida en Castellón, el idioma rumano me es ya bastante familiar. Así que voy escuchando a esos interlocutores, la mayoría de ellos rumanos, pero entre los que también hay chinos, y colombianos. No es mi intención entender lo que dicen, cosa que me sería imposible aunque quisiera para el caso del rumano y el chino, pero les veo y me viene a la mente la imagen que tenemos de la inmigración en España. Se suele ver a la gente venida de fuera de muchas maneras, pero sobre todo como alguien que no es como nosotros, que no tiene nada que ver con nuestras vidas organizadas y establecidas, más o menos afortunadas, pero siempre nuestras.
Y creo que es un error grave. En los últimos años España no se ha visto ante la necesidad de exportar a sus habitantes en busca de supervivencia en otro país. Los que viajamos fuera es casi siempre para aprender un idioma, para hacer turismo o para desarrollar a mayor nivel nuestra carrera profesional. Pero piensen que no tuvieran para comer, que sus hijos pasan hambre y no pueden ir al colegio, que el frío o el calor extremo les supera cada día y que por mucho que quieran no hay ningún trabajo para salir de la situación. ¿Qué harían? Pues me imagino que saldrían fuera a buscar un lugar con mejores condiciones de vida, para sacar a esa familia adelante.
Así que creo que nadie debe mirar a ningún extranjero con superioridad, ni mucho menos con desprecio, porque nosotros hubiéramos hecho lo mismo. También pienso que en esa cabina no he visto a ningún subsahariano, es que no creo que tengan teléfono en casa, allí abajo en África o que quizás sus condiciones de vida aquí tampoco sean dignas como para derrochar llamando a nadie por teléfono.
En fin, que espero que poco a poco vayamos apreciando lo que tenemos y no despreciemos por sistema aquello que no estaba en nuestros patrones de vida perfectamente establecidos.
En fin, que desde que el teléfono móvil ha invadido nuestras vidas y ha cambiado nuestras costumbres, la cabina es para la mayoría algo carente de utilidad. Pero ayer yendo hacia el tren como cada día vi la misma cabina, en el mismo cruce de calles, que, como siempre, estaba repleta de gente. Los tres teléfonos estaban ocupados, y había gente esperando. Como cada día, según me acerco puedo escuchar una parte de esas conversaciones privadas. Conversaciones que son en su mayoría en idioma extranjero. No soy experta en lengua romance, pero con una comunidad rumana tan nutrida en Castellón, el idioma rumano me es ya bastante familiar. Así que voy escuchando a esos interlocutores, la mayoría de ellos rumanos, pero entre los que también hay chinos, y colombianos. No es mi intención entender lo que dicen, cosa que me sería imposible aunque quisiera para el caso del rumano y el chino, pero les veo y me viene a la mente la imagen que tenemos de la inmigración en España. Se suele ver a la gente venida de fuera de muchas maneras, pero sobre todo como alguien que no es como nosotros, que no tiene nada que ver con nuestras vidas organizadas y establecidas, más o menos afortunadas, pero siempre nuestras.
Y creo que es un error grave. En los últimos años España no se ha visto ante la necesidad de exportar a sus habitantes en busca de supervivencia en otro país. Los que viajamos fuera es casi siempre para aprender un idioma, para hacer turismo o para desarrollar a mayor nivel nuestra carrera profesional. Pero piensen que no tuvieran para comer, que sus hijos pasan hambre y no pueden ir al colegio, que el frío o el calor extremo les supera cada día y que por mucho que quieran no hay ningún trabajo para salir de la situación. ¿Qué harían? Pues me imagino que saldrían fuera a buscar un lugar con mejores condiciones de vida, para sacar a esa familia adelante.
Así que creo que nadie debe mirar a ningún extranjero con superioridad, ni mucho menos con desprecio, porque nosotros hubiéramos hecho lo mismo. También pienso que en esa cabina no he visto a ningún subsahariano, es que no creo que tengan teléfono en casa, allí abajo en África o que quizás sus condiciones de vida aquí tampoco sean dignas como para derrochar llamando a nadie por teléfono.
En fin, que espero que poco a poco vayamos apreciando lo que tenemos y no despreciemos por sistema aquello que no estaba en nuestros patrones de vida perfectamente establecidos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario