
Ahora que lo pienso, caerme un superbatacazo en medio de la exposición del archivo fotográfico personal de Julio Cortázar en el Palacio Fonseca de Santiago de Compostela, tuvo su punto literario.
Me encontraba ensimismada, abobada, mirando una de las vitrinas que contenía alguna de las primeras ediciones de alguna de las obras del escritor argentino, cuando quise avanzar hacia la izquierda, posando mi pie una baldosa más alante de la anterior, lo que viene siendo andar, y de repente noté el vacío, el piso se acabó, intenté buscarlo con mi pie izquierdo un poco más abajo, pero para ese momento ya estaba volando cual angelote deformado sujetando el altar mayor de la catedral compostelana.
La cara de Rubén, medio de apuro, medio de risa, intentando cogerme todavía la tengo grabada en la mente. De repente, en medio de mi angelical vuelo di un estruendoso golpe con mi muñeca derecha en la vitrina susodicha contenedora de las obras recién publicadas. El escándalo me hizo pensar en el desastre, pero la vitrina aguantó, no sé si milagrosamente, mi golpetazo, chirrió y vibró, se movió de derecha a izquierda, y seguro se rió un poco de mí.
Ya de camino al suelo, no sé como mi torso se las ingenió para girar por completo una caída de izquierdas, y convertirla en una de derechas, cosa que creo me hizo más daño en el corazón que en el cuerpo, porque mi codo derecho se hizo fuerte y dió con los románicos suelos del palacio de piedra parando el golpe al que continuó una extensión completa del resto de las partes del cuerpo, cual deseo de adoptar posición de siesta en la playa.
Me levanté rápido, intentando buscar a ver dónde me dolía, pero nada grave, un poco de dolor de pié y una herida en el codo, eso sí, antes de buscar lesiones busqué testigos. Ni rastro, la sala, por suerte, estaba vacía, pude entrever a la chica de la exposición, sentada fuera en el patio de entrada, sin inmutarse haciendo cualquier cosa menos estar pendiente de los acontecimientos de la sala.
Rubén desde luego, fue testigo de excepción, como dicen los tópicos reportajes, y disfrutó recreando mi imagen de angelote volador el resto del día, riéndose, ya más tranquilo, después de saber que no me había roto la crisma.
El resto del día lo pasé midiendo mis pasos por los techos de la catedral, cosa que me reportó más traspiés de lo esperado, pero sin vuelos menos mal, ni hacia la plaza del Obradoiro, ni la de la Platería, ni ninguna del bello trazado urbano del centro de Santiago.

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